Irene Escolar

David Mamet es uno de los grandes dramaturgos de nuestros días. Es difícil no salir removido del teatro cuando se ve una de sus obras. Los suyos son textos que arañan, que huelen mal, que incomodan... Pequeñas descargas eléctricas en el público, a menudo magnetizado por las palabras y las situaciones planteadas por el autor, que empapan la conciencia del espectador, húmeda durante varios días después de la representación.
En la sala pequeña del Español se puede ver estos días «Oleanna», una obra escrita hace dos décadas en la que Mamet coloca sobre el escenario a un profesor universitario y a su alumna, que acude al despacho del primero para aclarar la nota de un examen. Las palabras cobran un sentido diferente para quien las pronuncia y para quien las escucha, los gestos se interpretan de manera contraria, y la prosperidad del profesor, catedrático en ciernes y a punto de comprarse una casa nueva, empieza a derrumbarse como un frágil castillo de naipes. La inicial inocencia de la alumna va mutando conforme avanza la obra hasta revelarse como una joven implacablemente despiadada.
Es fácil salir del teatro odiando y temiendo a esa joven a quien no tiembla el pulso ni siquiera cuando ve que está destruyendo a su profesor por lo que, sobre el papel, parecen simples malentendidos. Pero la magia de Mamet en este arrollador texto es no dar nada por sentado, sembrar la duda sobre los verdaderos motivos de cada uno. Un simple «Me gustas» pronunciado por el profesor puede ser una inocente expresión de simpatía o, ¿por qué no?, un anzuelo de aquél hacia su alumna...
Me costó entrar en la función. La cercanía que ofrece la sala pequeña del Español a los espectadores y a los actores es un arma de doble filo, porque las emociones se reciben con mayor intensidad, pero también exige a los intérpretes una mayor verdad. El texto de Mamet es, en su arranque, discursivo, excesivamente retórico, y Jose Coronado se ahueca en este tramo de la obra; conforme la tragedia se va apoderando de su personaje recupera la sinceridad y la convicción.
Pero el mayor regalo de esta función es Irene Escolar, heredera de una de las más ilustres sagas de la escena española (es nieta de Irene Gutiérrez Caba). Arranca la función temerosa, aparentemente cándida, para ir después tomando las riendas de la situación y convertirse en su dueña. Hay autoridad en su gesto, seguridad en sus decisiones, dominio en sus palabras... Pero siempre con el rubor en sus mejillas, hasta su demoledora frase final: «¡Ahora sí!» Un trabajo para guardar en la retina.

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