«Fuegos» en Mérida

Tengo pendientes varias entradas para el blog, como los montajes del arranque del festival de Almagro o la obra «Exit», de Anna Allen, que he visto en Microteatro. Pero quiero adelantar mi reflexión sobre «Fuegos», el espectáculo que vi ayer en el teatro romano de Mérida (siento mucho no haber podido ir a ver allí la «Medea» del Ballet Nacional de España). Y es que «Fuegos», dirigido por José María Pou sobre textos de Marguerite Yourcenar, es una verdadera joya, un trabajo hermoso y delicado, un regalo para los sentidos y para el alma. Reproduzco, con algunas modificaciones, lo que he publicado en ABC.es.

«No consigo digerir mi vida esta noche». Carmen Machi, en la piel de Marguerite Duras, llora secamente en la soledad de su habitación el abandono de un amor. La angustia, el dolor y el desconsuelo se convierten en palabras y para ayudar a encontrarlas convoca a tres criaturas: «Creo que voy a ponerme a construir», anuncia, y en escena aparecen tres mujeres víctimas, como ella, de un abandono: María Magdalena, Clitemnestra y Safo. Así arranca «Fuegos», un espectáculo basado en el libro de Marguerite Yourcenar, que se acaba de estrenar en el festival de Mérida. Dirigido por José María Pou, lo interpretan, además de Carmen Machi, Cayetana Guillén Cuervo (María Magdalena), Nathalie Poza (Clitemnestra) y Ana Torrent (Safo). La escritora belga escribió «Fuegos» -relata Pou-, a raíz de un desengaño amoroso, tras romperse una larga y singular relación con su editor. Con el dolor envenenándole la sangre, la Yourcenar, entonces una mujer de treinta y cinco años, decidió utilizar a una serie de personajes históricos (reales algunos, de ficción otros) para a través de otras historias poder contar la suya. Era un reto, asegura Pou, llevar a escena este libro, tan  bello y poético como estático y escasamente dramático, Escogió a los tres personajes citados y junto a  Marc Rosich (autor de la dramaturgia) convirtió a la Yourcenar en la protagonista del espectáculo, en el que las trágicas historias de las tres «criaturas» -así las llama la autora- se engarzan con sus lamentos y sus diálogos. «Que no se acuse a nadie de mi vida», dice una resignada y descorazonada Yourcenar.

La voz afligida de Rod McKuen en «If you go away» (mágica versión del «Ne me quitte pas», de Jacques Brel) sirve de banda sonora al leit motiv del espectáculo: el desamor, la soledad, el desamparo... María Magdalena (la Magdalena de Marguerite Yourcenar), doblemente abandonada por Juan, primero, y por Dios, después, a quien pide cuentas desgarradamente; Clitemnestra, que defiende ante el tribunal su derecho a la venganza tras haber asesinado a su marido, Agamenón; y Safo, transformada en una acróbata, inútil suicida. «Qué aburrido hubiera sido ser feliz». Esta frase, convertida en estribillo a lo largo del espectáculo, resume los azarosos sentimientos de autora y criaturas.A partir del hermosísimo texto de Yourcenar, lleno de frases demoledoras e imágenes poéticas llenas de hondura e intensidad,

José María Pou ha creado un espectáculo íntimo, que adquiere un efecto susurrante en la imponente del teatro Romano de Mérida (estúpida y despiadadamente asaeteada por los flashes de un puñado de maleducados espectadores). Apoyado en una minimalista escenografía de Sebastià Brossa, en un brillantemente sencillo vestuario de Lorenzo Caprile y, sobre todo, en la envolvente iluminación de Miguel Ángel Camacho, deja todo el protagonismo al hermosísimo texto y a la interpretación de las actrices, un afinado cuarteto de cámara en el que es imposible destacar un instrumento. Carmen Machi exige el dolor de Yourcenar desde el tono grave de su voz y la derrota de su mirada. Y Cayetana Guillén Cuervo, Nathalie Poza y Ana Torrent desgarran su desesperación sin excesos; sus actuaciones nacen de las entrañas, y sus personajes lo agradecen. Les ayuda, claro, un texto extraordinariamente sabroso que a buen seguro muchos de los espectadores (el público ovacionó la obra puesto en pie) hubieran querido escuchar nuevamente.

«Yo haría ahora otra vez la función», decía al concluir el espectáculo una cansada y exultante Carmen Machi. Era el resumen perfecto para el eufóricamente contenido (por cansancio) estado de ánimo de las actrices y el director; los cinco tenían una amplia sonrisa en la mirada, y los elogios del público presente en la habitual recepción tras los estrenos de Mérida no hacían sino aumentarla.

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